Mientras quede muerto me vale

Mientras quede muerto me vale
05/10/2018

Ir a aplaster un mosquito contra la pared, fallar, pero dar igual porque el mismo queda muerto de la onda expansiva.


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miércoles, 11 de julio de 2018

Aparcamientos, palomas, y otros males

Hay cosas que nunca te dicen. Pero nunca, nunca. Y las tienes que ir descubriendo tú a malas. Una de ellas es el aparcar un coche. Te dicen lo que mola la independencia que te da, eso de poder ir a (casi) cualquier sitio sin depender de nadie, no estar perdiendo tiempo con el transporte público (a no ser que vayas al centro de una ciudad, entonces sí deja el coche en casa) etc etc etc. Pero nadie te comenta los problemas. Entre los que destaca el aparcamiento. Pero no porque sea lo más chungo de lograr hacer con un coche, el aparcar, no (eso es una leyenda urbana). Es porque es muy difícil encontrar el sitio idóneo. Y no digo de idóneo, porque sea el mejor posicionado, respecto a la salida de tu casa/trabajo, oh, no, no, no. Hay otros factores, más sutiles, que juegan en este juego. Factores, que cualquier conductor que empieza a tener algo de rodaje ya mira automáticamente, como un proceso inconsciente, cuando va a aparcar su vehículo. Empecemos por el caso más prototípico.

Miras la calle. Como 6 sitios en esa calle. En un momento, rememoras todas las lecciones de trigonometría y física de la ESO y el bachillerato. Sí, esas que no te salían ni en el día del examen, ahora todas pasan delante de tus ojos a lo efectos especiales mediocres. Calculas la altura de los árboles, la resistencia de sus ramas, y lo tupido de las copas. Hay algunos que tienen buenas sombras proporcionadas por las plantas. Hay otros huecos que están al rechisol. Hay incluso algo que a medias, que no se termina de decidir. Finalmente, seleccionas el sitio idóneo, y aparcas el coche en el sitio que no tiene ni una hoja ni media encima suyo. Al día siguiente, bajas a por el coche, y te encuentras justo lo que esperabas evitar: tres impresionantes cagadas de paloma, pero de esas gordas gordas, que pueden soltar plastas de hasta 8 centímetros de diámetro, sobre el capó. O el parabrisas. O el techo. Porque lo tuviste en cuenta todo: que un pájaro prefiere dormir en un árbol alto, tupido con buenas ramas, que no en uno medio sin hojas y con las ramas más flácidas que las de un sauce llorón. Y que obviamente, si no hay árbol, problema resuelto. Solo que no te percataste de un detalle. Un simple, mísero detalle. Y es que te fijaste en todo... menos en esa puta farola que tiene el foco justo dónde dejaste el coche.



Suspiras. Bueno, ya las quitarás. Mueves el coche, y lo dejas en otro sitio. Esta vez, bajo un arbolito. Quizá (seguro) le caigan 4 (400) hojas y flores, si está en floración, que quizá (seguro) se meten en los recovecos más inverosímiles de la base de los limpiaparabrisas, u otros huecos que no sabía que tenía el coche/dónde se podía acumular mierda en el coche. Pero, eh, al menos, no va a haber palomas encima que te caguen. Vuelves al día siguiente, ya tranquilo, y te encuentras el coche todo cubierto de una sustancia, como granulada, parece polvo a simple vista pero es pegajoso pegajosa, como granulada. Parece como si un millón de bichos hubieran vomitado encima del coche. Y no es así, pero casi. Y es que resulta que el ayuntamiento decidió fumigar los árboles de madrugada sin avisar a nadie.

Y alguien decidió aprovechar para dejarte un mensajito con amor.

Suspiras, limpias el coche, o por mejor decir, limpias los cristales, que quedan a churretones porque no es tan fácil quitar algo pegajoso, de das otra pasada, y le das una tercera, momento en que tú decides que ya han quedado presentables. Eso, y que el paño amarillo está negro, no sabes exactamente de qué, pero está negro como si se hubiera volcado toda la tinta de una plumilla, y solo e atreves a agarrarlo con dos deditos. Porque los cristales, lo que son los cristales, se sigue viendo a través de ellos como si hubiera niebla permanente, pero mejor eso que mirar a través de cristal emerilado. Al menos has confirmado que ahí no te cagan los pájaros. Y como fumigar solo fumigan una vez por temporada, la cosa ya solo puede ir a mejor.

Así pues, llegas tranquilo al día siguiente, y te encuentras el coche exactamente igual al día anterior. Bueno, exactamente igual no en las partes que no limpiaste ayer, acá toda la chapa, ya empieza a montar costra. ¿Que qué ha pasado? Simple: el ayuntamiento decidió que no había sido suficiente fumigue y, sin avisar a nadie, decidió que era buena idea hacer toda la calle otra vez. Para asegurarse. Así pues, vuelta a empezar a limpiar de nuevo, y de nuevo el paño negro como si lo hubieras empleado para frotar carbón.

Aunque estés muy tentado de hacer esto y dejarlo correr.

Ese día, al volver, y harto de que, lo dejes dónde lo dejes, al día siguiente aparezca con alguna porquería nueva, decides hacer lo que todas las personas normales, y aparcarlo delante de tu puerta, que encima te han dejado el sitio. Toda la calle está petada, pero al menos queda ese sitio privilegiado, y amplio. Total, ¿que es lo peor que puede pasar? Al día siguiente vuelves a por el coche. Del capó hasta el cristal trasero, todo lleno de cagadas de paloma, de las de las gordas, como una docena, y de buen tamaño todas. Y es que resulta que ese sitio privilegiado delante de la puerta de tu casa, misteriosamente desocupado en una calle hasta la bandera de coches, estaba justo debajo de un árbol, grande, alto, de ramas gruesas y fuertes, y hojas espesas: el sitio idóneo para que durmieran las palomas.

Leyenda urbana:
una paloma no necesita que un coche esté limpio
para cagarse en él cuando le de la gana.

Suspiras. En fin, de hoy si que no pasa el llevarlo a lavar. Pero antes, otra vez a limpiar los cristales, que no es cuestión de pegársela por falta de visibilidad por esas tres cagadas tan bien posicionadas. O que te pille la policía y te ponga la multa del siglo, encima con razón. Así pues, otra vez con la bayeta amarilla, y ahora con un cubito con agua. Le das a los cristales, y le das a las cagadas, para irlas quitando, porque no te fías de que el túnel de lavado pueda con ellas. Más que nada porque ya lo has comprobado un par de veces antes.

Seamos francos, no es tan fácil quitar toda esa cantidad de mierda.

Por fin terminas. Ni quieres ver la hora para saber cuánto has tardado. Solo sabes que la balleta ha quedado negra. Y el agua, la tiras a dónde un árbol mientras miras a ambos lados de la calle como si estuvieras deshaciéndote de productos químicos tóxicos de forma ilegal, puesto que eso ya no parece agua, sino que se parece más a lo que sea que tengan en Aperture Science en las salas de pruebas. Sí, ese "agua" rara que te mata en segundos.

Ya, por fin, te metes dentro del coche, vas al lavado de coches, haces cola, eliges el tipo de lavado más potente que tengan, pagas, te lo coge el tipo para ya meterlo al túnel de lavado, le echa un vistazo al coche, un buen vistazo, antes de volverse a ti y decirte:

-Sabes que no te va a quedar perfecto, ¿verdad?

Y mientras tú:



Este es un primer ejemplo de los grandes problemas que conlleva eso de aparcar un coche en la calle, así como uno de los más cotidianos y simples. Y aquí es cuando muchos piensan que ah, lo bien que se viviría en un mundo sin árboles en las calles ni palomas cagacoches. Todos los problemas que conlleva aparcar, borrados de un plumazo, eso sí que es vida. Je. Ilusos. Y es que otra cosa que no te dicen, o por mejor decir, no te advierten, es de los joputas al aparcar. Los joputas por delante y los joputas por detrás.


Esos individuos motorizados son fácilmente reconocibles por su deleznable práctica de no dejarte salir del sitio dónde tienes aparcado el coche. Explico su proceder. Tú dejas el coche en un sitio amplio. O, al menos, un sitio en qué está bien. No estás ocupando un sitio de dos plazas con un coche como si le estuvieras guardando el sitio a los familiares cuando hay partido del Madrid-Barsa, pero tampoco has matado por aplastamiento a la mosca que estaba descansando en la matrícula del coche de alante y/o de atrás haciendo maniobra para meter el coche. Así pues, dejas el coche en este sitio, y al día siguiente, vuelves a por él. O cuando sea.

Y te encuentras que el coche lo han dejado pillado. El coche de alante lo ha dejado tan atrás, tan pegado al tuyo, que sueltas un céntimo en el hueco y no cae al suelo. El coche de detrás, lo ha acercado tanto, que para medir la distancia necesitas un pie de rey, y a lo mejor ni vale porque mide espacios demasiado grandes para lo que hay. En ese momento, solo te queda por hacer dos cosas: o dejarlo estar y posponer para más tarde a dónde sea que tuvieras pensado marcharte, o meterte dentro del coche y empezar a tocar el claxon como si te pagaran por ello. Que a ver, todo el mundo sabemos que va a haber como 1000 afectados y ninguno va a ser un objetivo, pero al menos uno se desfoga por algo. Hay una tercera vía, que es empezar a preguntar por todos los sitios de quiénes son esos vehículos, pero a no ser que te encuentres en un sitio pequeño, será mejor que pongas el Pokémon GO, y al menos la cosa te sirve para ir abriendo huevos. Y por eso mismo, señores, que los conductores que ya empezamos a tener el año intentamos dejar el coche colindante a garajes, pasos de cebra, etc. Que mejor un arañazo d e alguien descuidado, que no el no poder moverlo.

Y si te piensas que te libras por aparcarlo en batería,
piénsatelo dos veces.

Y luego están otros detalles. Como el no dejar el coche al son en un sitio dónde le va a estar dando el sol las 15 horas que los vas a tener ahí. Eso es algo de lo que todo el mundo piensa en verano. Y algo que todo el mundo algún día se nos olvida, y cuando regresamos al coche, y lo vemos ahí, todo bonito, reluciendo bajo un Lorenzo de justicia, ya nos vamos preparando mentalmente para lo que nos toca. Preparación insuficiente, todo sea dicho, ya que siempre es peor a cómo lo habíamos imaginado. Y eso que aun no he llegado a la parte de tener que tocar el volante y las marchas, que llevan como 12 horas dándoles el sol en ese invernadero improvisado. Y no, la cosa no mejora en invierno. Sí, entrar dentro del coche será mucho más placentero que en verano (o al menos, hasta que te tienes que estar quitando las 20 capas que llevas encimas), pero que a un volante y al cambio de marchas le hayan esto dando el sol durante 12 horas es igual en verano que en invierno: la cosa va a quemar.



Y he aquí solo tres ejemplos por los cuales, si hay una revolución de las máquinas, a mí que se me revelen las neveras, los microondas, los "smartphones", los ordenadores, las consolas y hasta el reloj si le apetece, pero no, el coche no. Porque ese que tiene motivos para odiarte. Y estos son solo un ejemplo. Pensad en vuestro coche. Las fiestas, las veces al rechisol que lo dejasteis por horas porque sí. Los rapspones. El... Por no hablar, que no es lo mismo que te atoque un ordenador, de unos pocos kilos de peso, que un coche, de un par de toneladas de peso.

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